jueves, 8 de diciembre de 2011

La regulación del cielo

Estaba sentado en el rincón del salón, atrás, en el último puesto, donde apenas llegan las palabras entrecortadas de la omnisapiente de turno. La profesora de derecho internacional público se esforzaba de manera sobrehumana explicando el derecho aéreo y la competencia de los Estados sobre lo “suprayacente a su territorio”, pero las palabras eran esquivas y la concentración se extraviaba sin ningún tipo de esfuerzo. Por la ventana se veían los árboles, las nubes aún perezosas y la luz brillante de los días fríos. De pronto llegaban palabras sueltas y con poco sentido: “Convención de Chicago”, “aeronaves civiles”, “derecho radioeléctrico”. Llegaban, reposaban y se iban, porque al mismo tiempo, afuera, los pájaros hacían volteretas y rompían el cielo, sin bandera, permiso ni regulación alguna.

Él, con las manos en los bolsillos de la chaqueta azul, se puso de pie, y con mirada distraída se dirigió a la puerta del salón. Cuando llegó allí, se detuvo, sacó la mano derecha y la levantó, pidiendo la palabra.

- Adelante, joven.
- Qué pena profesora, pero las competencias sobre el cielo corresponden únicamente a los amantes.- Y salió de ahí.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Retrato de cualquier noche

La noche no es tan buena confidente como quisiera que creyéramos. Piénsalo dos veces antes de darle a guardar un secreto importante, porque en medio del silencio y la oscuridad, sobre los bríos de la ebriedad y las revelaciones de la nostalgia, nada es tan oculto como parece. Al fin de cuentas, todo tiene que ver con todo, y todas las historias no son sino una, dos cuando mucho, que se repiten al antojo, no del azar ni de ningún dios, sino de nuestra incapacidad manifiesta para reinventarnos en lo cotidiano, incapacidad para sufrir nuevos problemas a los que tengamos que encontrar nuevas tretas y discursos como única salida, o bien, incapacidad para pensar nuevas soluciones, tal vez más simples y menos ingeniosas.

Los olores de la noche no son inocentes, pero tampoco son culpables de sí mismos. El humo se suspende en el aire frío mientras retomas la respiración, bajas el pie de la pared que está contra tu espalda, y decides caminar. Las calles parecen vivas. Están todo el tiempo en el mismo lugar, no se mueven, no cambian de color a pesar del lavado oportuno e inesperado que la lluvia pueda propinar. Pero cada calle son tantas historias, en doble vía, en contravía, en sentido único, que su soledad repentina no puede callarse ante tanto ruido, ante tanta contradicción vital. Y cuando los olores de la noche se mezclan con los de la calle, se confunden al punto de hacer sus límites imperceptibles.

Esta noche soy yo quien escribo, y no lo hago desde la calle, sino desde la comodidad de una silla, en alguna sala, en medio de una casa, en un pueblucho en medio de cualquier lugar, y la calle, pues la calle la traigo conmigo. Se me ha venido pegada a las suelas de los zapatos, y no quita con ningún elemento punzante –la calle bien conoce cómo funcionan y para qué sirven los elementos punzantes- ni con ninguna receta casera. No me malinterpreten, no soy un alma vagabunda, no me llaman calle, ni siquiera creo oler a barrio. No traigo la calle conmigo por voluntad, aunque bien pueda que se me haya venido por puro instinto de rebeldía. No me molesta traer la calle conmigo. A lo que me refiero es a que no soy un alma de la noche, no soy la figura insignia del riesgo ni de la impertinencia, no visto de negro ni maúllo a la luna, aunque reconozco que me pierdo en cada intercambio de luz verde-rojo-verde, en el ir de las luces rojas y el venir de las blancas.




Trato de hacer una imagen mental de la noche, de retratarla, pero cada imagen queda más borrosa que la anterior, más movida, más estallada. La noche no me cabe en la cabeza, y la porción de ella que traigo en las suelas tiene un peso insoportable. Vienen rostros, risas, de nuevo olores, muchos suspiros –que no han de faltar- y pues, no solo no hay manera de encuadrar sino que el enfoque se rehúsa a funcionar.

Cuánta valentía ha de necesitarse para hacer un coctel de letras que incluya en sus justas proporciones un poco de calle, un poco de noche y sentires al gusto. Tarea no solo inoficiosa sino pretensiosa, que algunos podrán (podremos) juzgar de sórdida y reencauchada. Repito, todas las historias no son sino una, dos cuando mucho. Que será de éste envión que carece incluso de historia.

¿Y la música? ¿Y los bailes? ¿Y las riñas? ¿Y los aplausos? Debo reconocer la miopía con que trato de ver ciertas cosas. Este coctel ha sido un completo fracaso. Juguemos a reconocer que es imposible hacer un retrato de cualquier noche, porque cualquier noche no existe, todas las noches son mellizas diametralmente opuestas, en cada esquina, sobre cada árbol, a través de cada ventana. Este retrato de cualquier noche no termina siendo ni una sola, a menos que lo miremos a manera de collage.


Imagen en: http://www.markoztudio.com/etiqueta/autos/ 

jueves, 16 de junio de 2011

Placebo de escritura

Después de mucho tiempo, encontrarse de nuevo ante la página en blanco se siente casi como una bofetada. Se siente una gran ofensa, y no logras teclear ninguna palabra, porque sobre todo, lo que sientes es miedo, a dar algún paso en falso, alguna palabra en falso, a sentir que no tienes nada claro, que mientras más intentas enfocarte, pensar, aclarar, más se atropellan los pensamientos, y te das cuenta de que estás vuelto mierda. Siempre da miedo darse cuenta de eso, reconocerlo, ver que la torpeza de las palabras no es simple azar, no entraña ninguna casualidad. Cada palabra escrita es borrada de inmediato, es una misión abortada. Tu misión, si decides aceptarla, es escribir más de dos palabras seguidas, de forma fluida, y que permanezcan, que resuenen, que tengan algo de interesante, o cuando menos, que te diviertan. En casos extremos, no importa mucho la falta de significado, no importa si no hay ninguna verdad revelada, si no se está poniendo en letras ninguna de las grandes preguntas por la existencia, por el sentido, por el ser, por la ironía de lo cotidiano; no resulta especialmente necesario que haya alguna aguda ironía, que la crítica entre líneas demuestre una carente genialidad, que el estilo ácido se haga presente frente a una personalidad públicamente obtusa. En casos extremos, que las palabras revoloteen entre sí solitas, que suene “bonito”, que parezca creativo, podría resultar suficiente.

Cuando llevas un párrafo, y aún no sabes para dónde vas, o mejor, cuando llevas un párrafo a pesar de no saber para dónde vas, te das cuenta de que has superado el miedo a escribir. El miedo a escribir, que ocultaba lo que en realidad era un miedo profundo a descubrirte en tu sencillez, termina siendo una huida. Cuando hay un peligro inminente, se corre, y mientras más se corre, más miedo se siente, y si, a pesar de haber perdido de vista la sombra deforme y desconocida que te perseguía, sigues corriendo, entonces el miedo sigue presente, y no en forma de adrenalina, sino como la promesa latente de que el peligro volverá, y que en alguno de sus retornos te tomará ya sin fuerzas, ni ánimo, ni determinación para seguir corriendo. Así mismo, lograr crear frases, poner el lenguaje al servicio de lo que quieres decir, así no estés muy seguro de qué es exactamente, no representa ninguna forma de seguridad, y el ánimo de las letras así lo demuestra. Después de todo, te das cuenta de que lo escrito no cambia la situación vivida con lo no escrito, y que en el fondo, las palabras logradas dicen lo mismo que las silenciadas: que todavía estás vuelto mierda.

Y si al tercer párrafo ya no sabes qué decir, y sientes que ya está hecho lo que con tus precarias condiciones podías hacer, terminas confirmando que lo que has escrito puede, de alguna forma, tener sentido. Pero el miedo sigue latente, y por eso, los dos primeros párrafos se hacen insuficientes, y llega este, que seguramente será el último. Porque para poner la primera letra se necesita el mismo valor que para poner el último punto. Ese valor, el del comienzo y el del final, es el peor de todos, el valor de reconocerte incapaz, y sobre todo, el valor de reconocer que en lo más profundo, en lo más secreto, en lo más oculto, sigues sintiendo miedo, y que cualquier palabra que logre ver el mundo de cuenta tuya, no es más que un placebo, porque no hay salvación (.)

lunes, 28 de marzo de 2011

Escepticismo para dummies en épocas conspirativas


(Escritos cortos sin gran exigencia de genio, talento ni dedicación. ¡Es lo que hay!)

Ante lo impenetrable del alma, frente a lo insondable de las pasiones, contra los prejuicios del espíritu, fuimos, somos y seremos la negación latente de todo lo que el mundo quisiera que fuéramos. Dos segundos después, haciendo un ejercicio de honestidad, tan brutal como se quiera, somos la afirmación tácita de todo lo que el mundo necesita que seamos.

El alcohol y las drogas como artificios, el sexo por naturaleza, y el amor como una suerte de extraño híbrido fueron las excusas dadas por los dioses para vivir. No la familia, no la sociedad, no el conocimiento, no la opulencia, jamás el paraíso. Nos dieron motivos para vivir servidos en el mismo vaso usado para servir el coctel de la última hora.

Nuestra verdadera desgracia consistió, al fin de cuentas, en creer que el mundo era verdad, y en descreer de la vida como juego, como simple y básico entretenimiento.

viernes, 18 de marzo de 2011

Embriagados

Hasta donde mis ojos alcanzaban veía las luces delirantes de los confines de la ciudad, cadenas de lucecitas recostadas sobre las laderas, irregulares y llamativas, cual efecto polilla. Parecía el más calmado de todos los incendios, pero se movían, brincaban, iban y venían, temblaban, quizás tiritaban de frío.

Las luces están más vivas que cualquiera de nosotros. Es media noche y un sonido como ronroneo, como susurro invade los oídos en medio de la ausencia de "civilización", solo con la interrupción poco abrupta de los motores y de la fricción entre el caucho y el concreto que no pasa de ser ocasional. Huele a río, huele a noche y a madrugada sin distinción.

Pensé estar algo ebrio, pero me di cuenta de que era la ciudad la que estaba caída de la borrachera.

lunes, 7 de marzo de 2011

Día de la Coca Cola sin gas

¿Y qué si es un día comercial? Ese no es el verdadero problema. A veces quisiera que muchas de las cosas buenas fueran comerciales, que los buenos libros se vendieran a precio de empanada, que los músicos, y en general los artistas, fueran tratados con mayor respeto (económicamente hablando) sin importar lo que toquen, que el consumo de algunas sustancias viniera después del comercio regulado, etc. En serio, insistir en que el problema es que sea un día comercial es tonto, infructuoso, a parte de cliché. (Decir que decir que el día de la mujer comercial es un cliché, también es un cliché).

El día es de por sí gregario. Puede que sirva para reivindicar las luchas de las mujeres oprimidas que se levantaron el contra del sistema patriarcal y bla bla bla, pero por eso no deja de ser clasificatorio, además de una perfecta excusa para todo lo contrario, consolidar formas únicas de ser, de ser mujer, de ser femenina, de existir. En últimas, con el pretexto de celebrar su existencia (que en realidad es una forma de mostrar la culpa colectiva que llevamos, y que a veces deja de pesar), se termina legitimando una sóla forma de existir. Ahí sí, la que vende lo comercial.

Hablo bobadas, voy y vuelvo, y de paso me contradigo. Solo quiero decir que me parece que es un día para pedir disculpas más que para dar felicitaciones. Somos los herederos de ésta peculiar forma de entender el mundo, con ese peculiar lugar para ellas. Y más los que nacimos entre estas montañitas, o que me digan que la imagen de la "grilla" (Con todo el respeto que ellas, mujeres de éxito, se merecen) no es uno de los mejores ejemplos del machismo paisa.

Me gustan las mujeres, me gustan mucho las mujeres, me gustan exageradamente las mujeres (Que quede claro por si había aún quien lo dudara). Pero hay muchas formas de ser mujer, incluso desde lo masculino. Eso es otra extensa y retrillada (aún no comprendida del todo) discusión.

De cualquier modo, bienaventuradas ellas que son quienes arreglan cada cagada que hacemos, quienes reconstruyen el mundo después de cada guerra (para medirnos los cojones mientras nos damos bala, para eso servimos los hombres), quienes paren generaciones enteras de parias. Por ahora, que cada una pueda transformar su pequeño mundo es más que suficiente, siendo claros, cada una significa todas y cada una.

Soy cursi, mañé, amo a mi mamá y a mi hermanita, y mañana es probable que la Nacional de Chocolates venda un par de chocolatinas más de cuena mía, como es probable que me las termine comiendo yo. A propósito, me gustan las chocolatinas, por si alguien de verdad cree que el 19 de marzo, día de San José, es homologable como día del hombre. Yo sabré recibir los beneficios de tal perogrullada.

(PD. Ando escribiendo horrible. Disculpenme o crucifíquenme, como mejor les parezca. En estos momentos soy un "mal polvo" en lectura y escritura. Simplemente había que sacudir los dedos y volver a escribir sobre algo que a nadie importara.)